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José Maria Amate Jefe de Área de la Agencia de Evaluación de Tecnologías Sanitarias del Instituto de Salud Carlos III
Mención especial para POSTER. Premios Profesor Barea 9ª Edicion 2011.”Adecuación de la Evaluación de las Tecnologías Sanitarias a los ciclos”
¿Cuál es tu función actual y cuál ha sido tu trayectoria profesional?
Soy Jefe de Área de la Agencia de Evaluación de Tecnologías Sanitarias del Instituto de Salud Carlos III. Nuestro trabajo en la Agencia figura en el Boletín Oficial del Estado, porque se debe al Ministerio de Sanidad. A nuestra agencia se le encomienda la evaluación de tecnologías y procedimientos de cara a la actualización de la cartera de servicios del Sistema Nacional de Salud, aunque también mantenemos líneas propias de investigación y estudio, con financiación nacional o con convenios con la propia industria. Mi trayectoria es bastante variada, aunque evidentemente volcada hacia la administración sanitaria. De formación soy licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense y doctor por la de Alcalá de Henares y administrativamente pertenezco a los cuerpos de Farmacéuticos Titulares, al de Sanidad Nacional y ahora estoy en activo en el de Investigadores Titulares de OPIs. Mi actividad profesional se inició en el ámbito hospitalario, como farmacéutico civil contratado en el Hospital Gómez Ulla. Después de hacer la residencia, ingresé como Inspector Farmacéutico en la Delegación de Barcelona del Ministerio de Sanidad, a cuyos Servicios Centrales pasé posteriormente, hasta ser Subdirector General del Control Farmacéutico. Luego vine al Instituto de Salud Carlos III y al crearse la Agencia de Evaluación de Tecnologías Sanitarias, su primer director, José Luis Conde, me incorporó al equipo “fundacional”. Si a eso añadimos tránsitos complementarios por el Departamento de Farmacología de la Universidad de Barcelona o la Administración Sanitaria Autonómica de Castilla y León, creo que se me puede atribuir un puro perfil de funcionario técnico al servicio de la administración sanitaria.
¿Qué ha sido lo mejor?
Afortunadamente los buenos momentos han sido muchos, porque he encontrado una gran satisfacción profesional a lo largo de mi ejercicio. Quizá lo más destacable es la amplitud de perspectiva que he podido adquirir en los destinos por los que he ido pasando, por su propia variedad. Por ejemplo, en la delegación de Barcelona pude mantener una relación muy directa con el trabajo de la industria y valorar la utilidad que una administración cualificada y eficiente puede ofrecer al sector productivo; tanto como también puede entorpecer en el caso de que no tenga esa cualificación. Ahora, en la Agencia, me atrae la valoración de los múltiples impactos efectivos de las tecnologías más variadas, que puede contribuir tanto a la actualización de la cartera de servicios como a la planificación de las propias empresas con las que colaboramos. No olvidemos que el Instituto de Salud Carlos III es un Organismo Público de Investigación y, como tal, también forma parte del Sistema Español de Ciencia, Tecnología y Empresa.
¿Qué ha sido lo peor?
Malos momentos siempre tiene que haber a lo largo de la vida profesional. Todos pasamos por momentos difíciles o, incluso amargos, pero es una medida de sosiego espiritual no conservar otro recuerdo de ellos, porque una vez superadas las dificultades, queda lo que se ha aprendido.
¿Cómo ves el futuro?
Ya hace años, en 2002, hicimos una publicación en términos doctrinales, donde hablábamos de un consumismo sanitario y una exacerbación de la oferta y la demanda; en ella advertíamos de que las prestaciones sanitarias no podían adoptarse por criterios ideológicos y de que la sostenibilidad del sistema exigía procesos metódicos de evaluación. Lo que entonces era el futuro es el presente de hoy y los hechos parecen demostrar que es imprescindible imponer cambios no sólo de gestión y financiación, sino en las actitudes institucionales: liderazgo por parte de la administración sanitaria del Estado y lealtad institucional por parte de muchas de las autonómicas. Recuerdo que en el prólogo de la ceremonia de entrega de los Premios Profesor Barea de este año pudimos disfrutar de una mesa redonda de gran categoría intelectual, donde varios responsables de financiación nacional y autonómica, todos ellos de diferentes filiaciones políticas, se manifestaron en este sentido con una gran sensatez. Si esa sensatez fuera asumida por los responsables políticos, podríamos abordar el futuro con ilusión. Por el contrario, si hubiera un empecinamiento en el dogmatismo ideológico, el futuro sería negro. Quiero creer que la situación es irreversible y no queda más que asumir esos cambios.
Presentasteis un póster a los Premios Profesor Barea. ¿Qué destacarías de él?
Ese póster resulta de un proyecto metodológico bastante heterodoxo, orientado a valorar si procedimientos de evaluación abreviados pueden ofrecer información suficiente al decisor, del mismo orden que las evaluaciones exhaustivas, porque la idea que tenemos desde hace tiempo es que con frecuencia se abusa del rigor académico en la evaluación de tecnologías, o por mejor decir: que se concede tal atención a la metodología que con frecuencia deja de ser el “instrumento” para convertirse en el “objetivo final” llegando a una complejidad que muchas veces es innecesaria. Con frecuencia, cuando desde el Ministerio nos han hecho una consulta rápida para tener una primera impresión sobre un tema y luego nos piden una ampliación para poder llevar el informe a la Comisión de Prestaciones del Consejo Interterritorial, hemos visto que las conclusiones eran las mismas en ambos casos, a pesar de que el segundo trabajo fuera mucho más profundo, laborioso, costoso y requiriera más tiempo. Esto se puede deber a dos causas: a) que la información disponible sea aceptable y clara, en cuyo caso ya se dispone de suficientes elementos de juicio, o b) que no exista información suficiente, en cuyo caso da igual el esfuerzo que se le dedique porque va a seguir faltando información crítica. En este supuesto, habrá que generar tal información o identificar una alternativa de actuación. Con esa base, tuvimos la oportunidad de realizar un trabajo arduo, comparando informes realizados por procedimientos exhaustivos, con informes elaborados también por expertos cualificados, pero con dos condicionantes diferentes: objetivos explícitos predeterminados y plazos breves de tiempo. Posteriormente comparábamos la información que facilitaban unos y otros. La conclusión es que los informes exhaustivos ofrecían más información, pero no más contundente para la toma de decisión. Por lo general, la información crítica venía a ser igual. Por otra parte, los informes breves mostraban las carencias en menor tiempo, por lo que se podía actuar antes para subsanarlas o eludirlas. Esta idea es la que se constata en buena medida en este trabajo. Esta disyuntiva entre informes de evaluación rápidos y exhaustivos planea en el ámbito de la evaluación desde hace tiempo, pero lo que hasta ahora se había valorado era el impacto que tenían estos informes abreviados sobre los gestores, para ver si los asumían o no en sus decisiones; sin embargo lo que no se había valorado era la posibilidad de comparar los informes abreviados con los exhaustivos entre sí, en ausencia de un “gold standard”, que es lo que ahora hemos hecho nosotros. En este caso sí he de decir que en un puro ejercicio metodológico.
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Afortunadamente los buenos momentos han sido muchos, porque he encontrado una gran satisfacción profesional a lo largo de mi ejercicio

Ya hace años, en 2002, hicimos una publicación en términos doctrinales donde hablábamos de un consumismo sanitario y una exacerbación de la oferta y la demanda; en ella advertíamos de que las prestaciones sanitarias no podían adoptarse por criterios ideológicos y de que la sostenibilidad del sistema exigía procesos metódicos de evaluación

Con frecuencia se abusa del rigor académico en la evaluación de tecnologías, es decir, que se concede tal atención a la metodología, que deja de ser el “instrumento” para a convertirse en el “objetivo final” llegando a una complejidad que muchas veces es innecesaria
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