Gestionar lo invisible: cuando protegerse es más racional que cambiar
Gestionar lo invisible: cuando protegerse es más racional que cambiar
Nacho Vallejo Maroto
Médico Internista. Hospital Virgen del Rocío, Sevilla
Hay una escena conocida en cualquier organización sanitaria. Se presenta un plan, está bien armado, tiene lógica, incluso incorpora aprendizajes recientes. Se expone con claridad, se abre el turno de palabra. Y nadie dice nada.
Ese silencio suele interpretarse como prudencia o como consenso. Pero no es eso, es otra cosa más incómoda: es la señal de que el plan no ha entrado en el sistema. No porque sea incorrecto, sino porque no es operable en las condiciones reales en las que ese sistema funciona. Lo que se pierde en ese momento no es adhesión formal, es la posibilidad de que una idea se convierta en comportamiento. Y eso tiene un coste. Aunque no aparezca en ningún cuadro de mando.
Durante años hemos afinado nuestra capacidad para diseñar el cambio. Sabemos estructurar planes, definir indicadores, ordenar prioridades. El problema es que seguimos confundiendo el diseño con la ejecución. El cambio no ocurre en el documento, ocurre en una red de relaciones que determina qué se puede hacer, quién puede hacerlo y a qué coste.
Esa red no es informal en el sentido de irrelevante, es estructural. Está hecha de posiciones, de permisos implícitos, de equilibrios que rara vez aparecen en los organigramas pero que condicionan cada decisión operativa. Cuando un plan ignora esa arquitectura, no fracasa de forma visible, se diluye. Y lo hace sin conflicto abierto, que es precisamente lo que lo vuelve más difícil de detectar.
En ese punto, la distinción entre dos formas de poder deja de ser teórica.
La organización sanitaria clásica opera en lógica de acumulación. El poder se asigna, se protege y se ejerce desde posiciones formales. Es lo que permite sostener la actividad, garantizar la continuidad, mantener el control.
Pero el cambio no se mueve bien en esa lógica. El cambio depende de otra forma de circulación; de la capacidad de conectar, de influir sin imponer, de generar movimiento más allá de la jerarquía. Un tipo de poder que no se retiene, sino que se activa cuando circula. El problema no es que uno sustituya al otro. Es que estamos pidiendo a las organizaciones que operen en una lógica distinta sin modificar las condiciones que premian la lógica anterior.
Los sistemas de evaluación, los incentivos y la exposición al riesgo siguen alineados con la estabilidad, con no equivocarse, con no generar fricción innecesaria. En ese contexto, lo racional no es transformar, es protegerse. Y si protegerse es lo racional, entonces el problema no es de actitud, es de diseño.
Seguir apelando al compromiso individual sin alterar ese diseño no es una estrategia de cambio, es una forma de trasladar el riesgo hacia quienes menos capacidad tienen de absorberlo.
Esto desplaza la conversación a un lugar menos cómodo. No hacia qué habría que hacer, sino hacia qué estamos dispuestos a dejar de sostener para que algo distinto pueda ocurrir. Mientras los equipos sigan operando al límite, cada nueva iniciativa compite por una capacidad que no existe. No es solo una cuestión de carga de trabajo, es una cuestión de atención, de margen para asumir incertidumbre, de espacio para equivocarse sin penalización inmediata.
Sin liberar ese espacio el cambio no se incorpora, se superpone. Eso implica dejar de hacer. No como ejercicio de eficiencia, sino como condición de posibilidad. Identificar prácticas que ya no aportan valor y retirarlas de forma deliberada. No para optimizar, sino para hacer viable otra forma de trabajar.
Es una decisión incómoda porque obliga a cuestionar inercias que han sido funcionales durante años. Y porque introduce un coste a corto plazo que el sistema no siempre reconoce. Pero sin ese gesto, todo lo demás es acumulación.
Si el cambio depende de esa arquitectura relacional, entonces hay variables críticas que no estamos incorporando de forma sistemática. No se trata de añadir indicadores "blandos", se trata de reconocer que hay condiciones sin las cuales los resultados no son sostenibles.
Hoy sabemos medir algunas de ellas. La seguridad psicológica en los equipos, por ejemplo, se asocia de forma consistente con capacidad de aprendizaje y rendimiento en entornos complejos. También podemos analizar cómo fluye realmente la información en una organización, más allá de los circuitos formales, o hasta qué punto las decisiones son percibidas como coherentes por quienes tienen que ejecutarlas.
Y mientras no formen parte de cómo evaluamos el funcionamiento del sistema, seguirán operando fuera de la conversación, condicionando resultados que luego atribuimos a otros factores.
Algunas organizaciones han intervenido ahí, aunque no siempre con ese lenguaje.
La Southcentral Foundation no solo cambió una pregunta en la consulta. Reconfiguró la relación clínica desde el inicio, alterando la posición del profesional y del paciente en la interacción. Ese cambio no es cosmético, tiene impacto en adherencia, en uso de recursos y en resultados.
Más cerca, experiencias de innovación distribuida como las desarrolladas en el Hospital Ramón y Cajal han mostrado otra vía: soluciones nacidas de problemas concretos, con ciclos cortos de desarrollo y alta apropiación por parte de los equipos. No porque haya un plan perfecto detrás, sino porque las condiciones permiten que algo circule y se sostenga.
Pero tienen algo en común: en ambos casos el cambio no fue resultado de mayor compromiso individual. Fue posible porque se modificaron las condiciones que hacían que protegerse fuera la opción más racional. Cuando esas condiciones cambian, cambian también los resultados que el sistema puede producir.
Esto nos devuelve al punto de partida. El silencio en la sala no es un problema de comunicación, es una señal de coherencia interna del sistema. Mientras la evaluación, los incentivos y la gestión del riesgo sigan alineados con la estabilidad, la transformación dependerá de esfuerzos individuales que el propio sistema penaliza.
Y ahí aparece una tensión que los planes estratégicos rara vez nombran. Si el diagnóstico es estructural, la respuesta no puede ser únicamente individual. Pero si quienes están dentro del sistema no actúan, tampoco ocurre nada. Esa es la contradicción.
No se resuelve con más planes, ni con más apelaciones al compromiso. Se resuelve (si es que se resuelve) cuando quien tiene posición para alterar esas condiciones decide asumir el coste de hacerlo.
Y eso abre una pregunta que no es cómoda ni tiene una respuesta evidente: ¿Quién está dispuesto a hacerlo?
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